Piel robótica que siente dolor: el futuro de los humanoides

En lo que parece un atento regalo de cortesía para nuestros futuros amos robóticos, un equipo de investigación ha desarrollado una piel electrónica que permite a los robots sentir dolor y reaccionar con un reflejo casi humano. Investigadores de la City University of Hong Kong han detallado su “piel electrónica robótica neuromórfica” (NRE-skin) en un artículo publicado en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). A diferencia de las pieles electrónicas anteriores, que no eran más que sensores de presión glorificados, esta nueva tecnología imita el sistema nervioso humano para dotar a las máquinas de un sentido del tacto real y, lo que es más importante, de un instinto de autopreservación.

El sistema es de una astucia diabólica. Emite continuamente pulsos eléctricos débiles, una señal constante de “estoy bien” que llega al procesador central del robot. Si la piel se corta o sufre algún daño, la señal se interrumpe, informando de inmediato al robot sobre la ubicación precisa de la “herida”. Pero el verdadero as bajo la manga es su reflejo al dolor. Cuando una fuerza externa —como un objeto punzante o un calor excesivo— supera un umbral determinado, la e-skin no pierde el tiempo esperando a que la CPU haga sus cálculos. En su lugar, envía una señal de alto voltaje directamente a los motores del robot, provocando una retracción instantánea, de forma muy parecida a cuando un humano retira la mano de una estufa encendida por puro instinto.

Por si fuera poco, los ingenieros también han resuelto el engorroso problema del mantenimiento robótico. La piel es completamente modular y se acopla de forma magnética. Si una sección se daña, no hace falta llamar a un equipo de especialistas ni esperar tres semanas a que lo arreglen. Simplemente se retira la pieza rota y se encaja una nueva, como si estuviéramos ante un set de LEGO morbosamente futurista.

¿Por qué es esto importante?

Dotar a los robots con la capacidad de sentir dolor no es una maniobra sádica para que sufran para nuestro regocijo. Se trata de una característica de seguridad crítica para un futuro en el que humanos y robots convivan estrechamente en entornos impredecibles como hogares, hospitales y espacios públicos. Un robot que puede reaccionar instintivamente ante situaciones potencialmente dañinas es un robot con menos probabilidades de romperse o, lo que es más crucial, de herir a las personas que lo rodean. Esto supone ir un paso más allá de la simple evitación de obstáculos para entrar en una inteligencia más corpórea, allanando el camino para máquinas más seguras y fiables en las que, por fin, podamos confiar fuera de los confines ultra-controlados de una fábrica.