Lovense presenta su muñeca con IA: $200 por entrar en la lista

LAS VEGAS – Lovense, la marca que convirtió el placer a distancia en una ciencia exacta, ha decidido que su próxima frontera no es el cuerpo, sino el alma (o al menos una imitación bastante convincente). En el CES 2026, el gigante del sex-tech ha dejado a todos con la boca abierta al presentar su AI Companion Doll, un robot hiperrealista diseñado para combatir la soledad. ¿El precio de la exclusividad? Unos “módicos” 200 dólares solo por el privilegio de entrar en la lista de espera.

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Impulsada por lo que Lovense denomina una “IA adaptativa”, la muñeca no solo promete charla trivial; asegura recordar conversaciones pasadas y mostrar “expresiones faciales realistas” gracias a un complejo sistema de servomotores en su cabeza. El objetivo es ambicioso: ofrecer una conexión emocional, mental e íntima que evolucione con el tiempo. Y, como era de esperar, se integra a la perfección con todo el ecosistema de dispositivos conectados de la marca.

Este salto hacia el acompañamiento con IA es un giro audaz: de la teledildónica pura y dura a la teledildónica con pretensiones terapéuticas. La empresa sostiene que su creación puede ayudar a los usuarios a ganar confianza y prepararlos mejor para interactuar con personas de carne y hueso. Sin embargo, el debate está servido: ¿es delegar el trabajo emocional en un busto de silicona una solución real o simplemente un parche de alta tecnología para una herida social cada vez más profunda? Es la misma pregunta que nos hacíamos al analizar si Olvida a Skynet: El peligro real es morir de confort .

¿Por qué es esto importante?

La entrada de Lovense en este mercado es un síntoma claro de la convergencia entre la industria del sexo y el floreciente sector de las relaciones con IA, un mercado que se prevé crezca a un ritmo anual del 30%. Mientras que otras empresas llevan años vendiendo “novias” en formato chatbot, integrar una IA conversacional en un cuerpo físico expresivo y conectado a una red de dispositivos hápticos eleva la apuesta a un nivel de inmersión inédito. Pero también abre un melón ético complicado: la dependencia emocional de las máquinas, la privacidad de los datos en nuestros momentos más íntimos —especialmente tras los patinazos de seguridad que Lovense ha tenido en el pasado— y si estos “compañeros” acabarán siendo un puente o un muro para la conexión humana auténtica.